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viernes, 17 de junio de 2011

Estas son... Tus alas.

Te voy a dar dos besos en la espalda; uno en cada herida,
¿Estas de acuerdo?.


Me gusta mucho la blancura de tu piel. se podría decir que
despierta mi apetito. Si te paso la mano por la curvatura de la
espalda, se me podría congelar la palma. Es lo malo de que yo
viva entre llamas y caldos hirvientes. Tu helada y yo, incendiado
de forma perpetua.

¿Es posible que los hijos de Dios se vuelvan unas desdichadas e
indefensas avecillas cuando se les arrancan las alas?.

Te voy a pasar la lengua por los orificios sangrantes. Eres muy
valiente. No lloraste cuando te atrape ni cuando con mis garras
desgarre dos partes de tu cuerpo. 


¿Es que acaso vivir en los cielos, 
te ha embriagado de felicidad, 
y en tu borrachera te has
olvidado de sentir dolor?

¿Por que hice todo esto?. Una travesura, nada más.

Siempre les he tenido envidia a los que son como tú. Me hubiera
gustado saber volar, pero en vez de eso me tuve que conformar
con vivir bajo la tierra, con la noche a cuestas como un manto
de la cual jamás me podre deshacer.

Entonces, te vi bajar a la Tierra, con tu gracia de ave, tus ojos
pequeños y transparentes, tu cuerpo como esculpido perfectamente
con la intención matemática de que tus volúmenes de
carne entraran por mis ojos y se anidaran, como una infección de
amor, entre mis tejidos. Hay que ver como se me hincho el corazón 

de hielo con que mi creador castigó mi existencia.

Fue entonces que te salte encima y te traje aquí, a mi prisión,
para que me acompañes.

Debo confesar que estaba dispuesto a pelear contigo
hasta las últimas consecuencias, pero me parece que
en ningún momento opusiste resistencia. ¿Se debe
a esa maldita costumbre de poner la otra mejilla?
¿Quien te enseño esa mierda?

Al fin te corte las alas y las escondí, perfectamente
ocultas, en algún rincón de este infierno, y te amenacé
con no devolvértelas si antes no me provocabas el romper

este corazón de hielo en un plazo no máximo de cien años humanos.
Te bese en la boca con la desaparición del que por primera vez tiene
a su alcancé una trufa.

Y hoy, cuando ha transcurrido casi la centena de años y tu estás a
punto de provocarme el sentir por vez primera, siento deseos
de hacerme a un lado y y volverme al averno el cual nunca debiste

haber tocado con la pureza que llevas contigo, habría de devolverte
tus alas, mi Ángel, pero ¿por que obligarte a sufrir me hace tan feliz?.

Me ruegas, llorando, que no te abandone 

y entonces entiendo que eres tú, mi amor, mi Demonio
celestial, quien ha poseído a este Ángel infernal que ya olvidó
que alguna vez lo fue, y que su corazón estaba congelado

pese a las llamas de este patético inframundo.

Pero Dios, que ha estado jugando ajedrez con el Diablo todo
este tiempo, te dice que no eres digna de su cariño, que nunca
un Ángel se lió con un Demonio. Lo mismo me dice el Rey de

las tinieblas y nos retiran, uno del otro, como si fuésemos
piezas perdidas de ese malévolo juego de estrategia y así 
a primera vista, terminar su partida. 

Con nuestros pecados a cuestas, nos exiliamos hasta un
sueño, donde podamos engendrar amor.
Un Ángel, un Demonio: un hombre.

Dejame darte un beso en esas cicatrizes, donde alguna
vez estuvieron tus alas. Haz lo mismo con los huecos que
me quedaron en la frente, donde alguna vez hubo cuernos.


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